domingo, 21 de febrero de 2010

Debían frenar tanta irreverencia.


Debían frenar tanta irreverencia.
Carnavales: Guadix 1930.
Ana María Rey.
12.2.2003.

Durante los años 30 las celebraciones carnavaleras conservaron el mismo esquema de finales del siglo XIX. Comenzaban la mañana del domingo anterior al “miércoles de ceniza” y seguían durante toda la jornada, continuando el lunes y el martes. El domingo siguiente concluían con la fiesta de “Piñata”.
Las concentraciones de máscaras se realizaban en la calle La Gloria. A los hombres les gustaba disfrazarse de mujeres, sobre todo con prendas de sus madres y abuelas, y con trajes de Pierrot que se pusieron en aquel entonces de moda. Las mujeres utilizaban todo lo que encontraban en las arcas de la familia para confeccionar sus atuendos. Muchas de ellas arreglaban viejas enaguas y corpiños a las que añadían lazos de colores y pasacintas. Las más osadas se disfrazaban con la ropas de los hombres de su casa, se vendaban fuertemente el pecho con un trozo de lienzo, se cubrían el pelo con sombrero y la cara con una máscara, vestían sus manos con guantes de varón rellenos de trozos de tela para que aparentasen mayor tamaño y circulaban calle arriba, calle abajo, procurando no llegar a la Plaza de San Diego.
Estos desfiles se producían bajo la atenta mirada de las señoras que abarrotan las ventanas y balcones, desde los que se arrojaban confeti y serpentinas. Amenizaba el paseo la música de guitarras, acordeones, violines, tambores, latas, pitos y carracas, y se cantaban canciones de temática variada, predominando las de crítica política y las pícaras, que arremetían contra la restrictiva moral sexual impuesta por la iglesia católica. Algunos músicos como Fernando Requena, Juan Balboa o Manuel Casas, eran miembros de “La Capilla”, una agrupación musical de la Catedral, a los que también gustaba la juerga del carnaval.
Me cuentan que se formaban muchas murgas y que en el año 1934 salió una compuesta por miembros de la rondalla del Centro Artístico. En aquellos momentos corría el rumor de que esta agrupación de cuerda no era buena y que no sonaba. Esto ofendió a los músicos que se hicieron guitarras, laudes, violines y bandurrias de cartón y de papel, se vistieron de mascara y salieron a la calle con una pancarta que ponía : “¿ Que no suena? ¡Que te crees tu eso!”
Las caras iban cubiertas por máscaras y antifaces, para evitar que las corrosivas letras que se canturreaban dieran lugar a represalias de las personas que se podían dar por aludidas u ofendidas. En una ocasión un señor iba originalmente disfrazado, sobre un mono de trabajo cosió montones de enchufes, tantos que todo él parecía uno. Estaba de trifulca con un funcionario del Ayuntamiento y vestido de esta guisa se instaló delante de la ventana del trabajador público, que vivía en la calle de La Gloria y no se movió de allí en toda la tarde, podemos imaginar el mosqueo del caballero al que iba dirigida la crítica.
Las máscaras, las serpentinas y algunos instrumentos musicales de carnaval se compraban en la tienda de Fenoy, que en esos años estaba donde hoy está Fotos Medina, en el encuentro de las escalerillas de la Plaza de la Constitución y la calle Ponce y Pozo.
En la calle La Gloria se instalaban puestos en los que se podían comprar garbanzos tostados, cacahuetes, tortas saladas, caramelos y otras chucherías, uno de estos vendedores era conocido por “Colorines”. Quienes querían echarse un trago de vino del país para vencer la vergüenza, podían hacerlo en las tabernas de los alrededores como la de “Joaquín el Tuto” en la Bovedilla, o la de “Ferminillo en la casa del Tío Churrete”, y en la Placeta Osario estaba la “Taberna de la Paca” y “La Bodega de Mateo Tortosa”, que vendían el vino por arrobas, pero en el carnaval lo vaseaban y así se liquidaba la temporada. Mención aparte merece “El Corralón”, en la Plaza de la Virgen, esta era una taberna que regentaba Gabriel Zaleña, aunque quien llevaba el peso del negocio era una mujer conocida por el apodo de “la Pirinola”, donde hoy está la carpintería “Virgen de las Angustias”, en este establecimiento se reunían las gentes de izquierdas, y además de vino se podía asistir a reuniones políticas como la que se realizó con motivo de una visita a Guadix de Fernando de los Ríos. Pero si lo que querían era comprar tabaco, lo podían hacer en los estancos de la calle La Gloria o en el de “La Cortezas” en la calle San Marcos.
Al hacerse de noche no quedaba nadie en las calles y la fiesta continuaba en los bailes, que dependiendo de la clase social de cada cual, se realizaban en locales públicos, en las casas particulares y en los patios de vecinos que llamaban “corralones”. Son de destacar los bailes del Liceo, al que asistían los socios acompañados por sus familias y que tenían lugar en un salón que había antes de llegar al teatro. He de señalar que entonces el casino se encontraba donde hoy está el Teatro Mira de Amescua. También había baile en los Salones del Pósito y en el Centro Artístico, sito este en el Callejón de Palacio, en el que tocaba su “Estudiantina”. Los ferroviarios, que eran un colectivo muy importante, constituyeron una entidad cultural, crearon una rondalla y también organizaban fiestas de carnaval. He podido saber que en algunas casas particulares se reunían los más jóvenes, acompañados siempre por sus madres o abuelas, invitaban a algún guitarrista o acordeonista al que pagaban con unas botellas de vino y organizaban un baile. Gozaba de gran popularidad “Justo” que al decir de los mayores era el mejor para un baile de carnaval. En el barrio de Las Cuevas también se organizaban de esta manera y se podía escuchar música desde cualquier cerro.
Como las fiestas de Carnaval no eran del agrado de las autoridades religiosas, porque en el fondo era un triunfo de lo carnal sobre lo espiritual, de lo pagano sobre lo cristiano, la iglesia las contrarrestaba con un Triduo de Carnaval. Una costumbre que puso de moda el Obispo Rincón. En estos años el predicador era el párroco del Sagrario Manuel Pezán Ortiz. También se exponía en la Catedral al Santísimo durante los tres días de la fiesta con la finalidad de frenar tanta irreverencia. En Guadix tenemos constancia de esta lucha de la iglesia con el carnaval, pero ocurría en toda España y desde tiempos muy remotos, en el libro “El Carnaval” de Julio Caro Baroja se dice que en la catedral de Sevilla los “seises” desagraviaban a Dios bailando solemnemente ante los altares las tardes de Carnaval y esta costumbre se data en 1695.
En el año 1936 los carnavales fueron tremendamente tensos al igual que lo era la situación política……en Guadix ya no se volvieron a conocer carnavales hasta la llegada de la democracia.


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