domingo, 21 de febrero de 2010

Velos, sedas y plumas


Velos, sedas y plumas
Ana María Rey.
9.2.2004

He querido rescatar la memoria de las celebraciones carnavalera en la ciudad de Guadix durante los últimos años del siglo XIX y para ello he repasado las páginas del dominical El Accitano, que comenzó a publicarse en el año 1891.
Se organizaban durante el domingo, lunes y martes que precedían al miércoles de ceniza. Este día se suspendían los mascarones por disposición de la autoridad ya que no es propio que el hombre se divierta el mismo día que la iglesia, llama a la penitencia y le recuerda que es un puñado de polvo. Entraban así en la cuaresma. Pero se permitían una última trasgresión con los bailes del domingo de Piñatas.
La fiesta tenía dos formas de vivirse, por un lado estaba la de la sociedad pudiente y por otro el de la clase trabajadora. Hay bastantes referencias en este sentido. Por ejemplo al hablar de los bailes de carnaval se diferencia entre los de salones aristocráticos y los de candil, refiriéndose a los populares.




Queda constancia de que a los accitanos y accitanas les gustaba disfrazarse. Los varones lo hacían de emperador, caballero medieval, ciego, cochero, torero, negro, esclavo, de dominó y de burro con alforjas. Me ha llamado la atención un individuo que se vistió figurando ser una España a quien chupaban la sangre varios hijos desnaturalizados, y tan descomunales eran sus lamentos y tanto vociferó que la broma le costó una enfermedad.
A las mujeres les gustaba envolverse en trajes de mariposa, estrella, luna, “cosa vaporosa”, bruja, reina, manola, campesina del Zenete y de astróloga persa. Una chica se disfrazó de ambulancia de Cruz Roja y un observador se preguntaba que no habría pasado en el baile del domingo anterior para que apareciera esta institución creada para el auxilio de los heridos.
Para los que vivían el carnaval en la calle tocaban dos estudiantinas, y en el año 1891 iban acompañadas por una comparsa de lavanderas, otra que representaba al pueblo y sus habitantes y alguna más de la que no se nos da detalles. Entre la clases populares estaba asumido que el carnaval tenía unos principios inmutables entre los que se encontraban la producción de máscaras, las diversiones, los “zorrazos” (que yo creo que se refiere al consumo desmesurado de alcohol) y una que otra pendencia, que en alguna excepcional ocasión terminó en pelea e incluso a tiros, aprovechando la impunidad que producía el uso de máscaras, antifaces y disfraces.
Se organizaban concursos de ingenio en la composición de las letrillas que cantaban las comparsas y también a la originalidad de los disfraces estableciéndose premios, accésit y menciones honoríficas.
A la gente le gustaba pasear por las calles y las que iban enmascaradas arrojaban grandes cantidades de serpentinas y papelitos de colores. Desde los balcones se lanzaban “carnavalinas”, de las que sabemos que servían para adornar tocados en las cabezas de las señoras; eran doradas, de plata, azules y verdes; y que provocaban chichones, ojos morados y roturas de dientes, llamando por ello la atención de los cronistas.
Era muy habitual, hasta el punto de ser cansino, que los y las enmascaradas se acercasen a quienes no iban disfrazados y les hiciesen una pregunta retórica ¿me conoces?


Por otro lado estaban los carnavales de salón y entrada restringida, en unos casos a los socios acompañados de sus familias y amistades y en otros a los círculos de amigos, por celebrarse en casas particulares. En ambos casos era imprescindible mostrar el rostro en el momento de acceder para evitar que “pasara persona alguna que fuera moneda falsa entre moneda de justo peso”. Los bailes se hacían el domingo de carnaval y el martes, la hora de comienzo solía ser las 10 de la noche y duraban hasta las tres o las cuatro de la madrugada. La música, que procedía de agrupaciones de cuerda o de piano, seguía un esquema en el que primero sonaban los voluptuosos y mareantes valses, después el elegante y pausado rigodón, el animado y marcial lancero y se terminaba con la siempre alegre y festiva polka que acompañaba también el desfile general de disfraces con el que finalizaban los bailes.
Pedro Antonio de Alarcón en 1893 publica un articulo dedicado al Carnaval que se titula “Del baile en general y del baile del Liceo en particular”, en el que entre otras cosas dice:
¿Quién piensa en nada sublime, en nada ideal, en nada patético ante este hormigueo de arlequines, de polichinelas, de locos, de condenados, que van, que vienen, saltan, gritan, roncan, ríen, sudan, beben, bailan … y … ¡qué se yo qué más! Brinquemos, gritemos y riamos nosotros un poquito… pero sin alterar el orden… ¡por que ya saben ustedes las circunstancias…!
Felicita seguidamente a los organizadores de la fiesta por el buen gusto mostrado y dirige de nuevo su vista a lo que ocurre en el salón de baile: Piérdese la extraviada vista en ese océano proceloso de luces, flores, lazos, cintas, diamantes, perlas, encajes, velos, sedas y plumas...
Empieza a sonar la música y dice el autor: Rugen las orquestas y cien torrentes de música se derraman, como una inundación de mayor vértigo… Y la música presta sus alas a la juventud y las parejas oscilan, tremolan, ondean, se precipitan, corren, saltan, huyen, vuelven, se extasían, se marean…Y el amor estrella y centellea en todas las miradas y arde en todos los corazones y revolotea sobre todas las cabezas.
Unos años después de esta bella descripción del baile de carnaval, las firmas de El Accitano critican el que se sigan celebrando mientras se libran distintas guerras en las que España está involucrada. Son los años 1896 y 1897 y se viven los conflictos de Filipinas y Cuba. El 4 de Marzo de este último año en un articulo titulado “Febrero” y que firma Garcí-Torres dice: El carnaval, caiga en Febrero, caiga en Marzo, siempre es el mismo sujeto feo, antiguo, de mala sombra, impúdico, sinvergüenza, soez, insultante. El carnaval con su enorme careta cubre el decoro y la dignidad y deja al descubierto todas las pasiones groseras y los vicios feos. Ese debe desaparecer. Irse.
Quizá esta opinión se deba a que más adelante en la sección “Cultos” encontramos la siguiente nota: Durante los tres días de carnavales hubo un triduo en la Catedral, predicándose a la concurrencia, que fue numerosísima, de las sublimes verdades y justos mandatos de Dios y de su Iglesia. El señor Rincón es seguro conquista muchas almas para el cielo. Nuestro parabién al digno sucesor de San Torcuato cuya evangelización continua.
Como hemos dicho las fiestas se suspendían el miércoles de ceniza. Los y las carnavaleras aprovechaban entonces para realizar el entierro de la Zorra: la que llevó un duelo respetabilísimo que marchaba preocupado detrás del féretro marcando el paso a los tristes acordes de una marcha fúnebre capaz de arrancar lágrimas a los más empedernidos corazones. Séale la tierra pesada.
El carnaval terminaba el domingo de Piñata, en opinión de Aureliano del Castillo: El baile de Piñata viene a ser la última repercusión del Carnaval; su último eco; la palpitación postrera, el último fulgor de una llama que se extingue... que se apaga... que se muere. Con él termina la etapa del placer y es preciso aprovechar todos sus instantes.
Este día toda la celebración giraba alrededor de la delicada y deseada pieza, que se instalaba en la parte central del techo de los salones. La del Liceo era: Una obra de arte ejecutada por primorosas manos, confeccionada con ricas telas perfectamente entrecruzadas una con otras para que su conjunto fuese sumamente agradable a cuantas personas asistieran al baile.
De ella colgaban muchas cintas de raso de distintos colores y era costumbre que después de un vals, las mujeres acompañadas por su pareja, se acercasen, seleccionaran una de las cintas y tirasen. Si la piñata se abría, la afortunada recibía los dulces que se guardaban en su interior y además un ramo de flores. Se cuentan anécdotas de muchachas aparentemente finas, educadas y de buenas familias, que aparentando no darse cuenta, cogían varias cintas a la vez en un desesperado intento de conseguir el premio.
Y nadie mejor que Alarcón para despedir los carnavales con la esperanza de que retornen el próximo año: al terminar el baile todos llevan dormido allá en el alma un recuerdo dulce, inefable, melancólico, como el que pone en nuestros labios mil suspiros al despertar de un hermoso sueño.

4 comentarios:

Carmen Hernández dijo...

UAUUUU, qué maravilla chica!!qué nostalgia. Buen trabajo Ana.

Roberto Balboa dijo...

Hola Ana:

Me parece que hubo un lapsus y escribiste:
"Pedro Antonio de Alarcón en 1893 publica un articulo dedicado al Carnaval que se titula “Del baile en general y del baile del Liceo en particular”, en el que entre otras cosas dice:"

O no era el año 1893 o se publicó póstumamente, pues Pedro Antonio murió en 1891.

Muy buenos tus artículos.

ANA MARIA dijo...

Efectivamente, Roberto.El artículo se escribió antes, pero El Accitano lo publica en su número 70de fecha 26 de febrero de 1893. No hace referencia alguna al momento en que fue escrito, ni la razón por la que se publica en esos días de carnaval.
Así que anoto en "pendientes" datar con exactitud este artículo. Aunque si algún lector o lectora lo sabe, agradeceré la información.

Ana Maria Rey Merino dijo...

Bien, he podido saber, que el texto lo escribió Alarcón cuando tenía 21 años, o sea en 1854.
Se recogió en un libro publicado en 1924 en Madrid por la Imprenta Latina titulado "Dos ángeles caidos y otros escritos olvidados" del que se han hecho muchas ediciones nuevas, la última en 2009.Ya solo nos queda saber, donde se publicó por primera vez y el por qué El Accitano lo publica en 1893.