domingo, 24 de enero de 2010

El comercio en el Guadix del siglo XIX.

El comercio en el Guadix del siglo XIX.
23 de enero de 2010.
Ana María Rey Merino.

Como cada año al llegar la festividad de San Sebastián, la Asociación del Comercio de Guadix, que preside Charo Romero, la de Gente como dice ella, ha organizado un programa de actos lúdicos y de reconocimiento.
Con Charo forma parte de la Junta directiva otra mujer, Encarna Puertas, la de Jovi-Flor, que digo yo, y estando dos mujeres a las que aprecio y valoro, al frente de una organiación, no pude negarme a aceptar la invitación que me hicieron de compartir con la asociación una tarde noche de asueto, para lo que tuve que improvisar en unas horas una breve historia.
Invité a las personas asitentes a realizar un viaje en el tiempo. Tendréis, les dije, que dejar que vuestra imaginación os lleve a la ciudad de Guadix de 1899, en ese preciso momento en que los accitanos y accitana se preparan para cambiar de siglo, dirán adiós al siglo XIX y recibirán con alegría al recién nacido siglo XX. He elegido ese tiempo, porque compartimos con aquellas gentes el privilegio de haber vivido un cambio de siglo, algo que no todo el mundo puede decir, y en nuestro caso la experiencia ha sido aún más extraordinaria porque además hemos vivido un cambio de milenio, dicho sea de paso.
He considerado que era interesante mirar atrás porque en algún momento alguien deberá escribir la historia de un sector económico tan importante en el devenir de esta ciudad, y yo quiero aportar mi granito de arena.
Los datos los he obtenido de un periódico llamado “El Accitano” que como hoy hace “Wadi-as Información” era el cronista de la vida cotidiana de la ciudad. Aprovecho para rendir aquí un agradecido recuerdo para el que fue su director, el abogado José Requena Espinar, ya que gracias a su esfuerzo y al de su equipo de colaboradores podemos conocer mejor una parte de nuestra historia. Asomémonos pues por esa ventana al pasado que nos abre “El Accitano” y conozcamos un poquito de la actividad comercial de finales del XIX.
Empecemos diciendo que las mujeres eran las que por regla general realizaban las compras, pero de una manera bien diferenciada según la clase social a la que se pertenecía. Las damas burguesas visitaban los comercios, pero jamás los mercados, a ellos solo acudían las criadas y las mujeres que no podían permitirse tener una persona a su servicio. También considero importante apuntar que generalmente los establecimientos eran atendidos por acicalados mancebos, ya que la profesión de dependienta todavía no era habitual.
La Plaza de las Palomas era una importante zona comercial. En ella se ubicaba la papelería de Torcuato Pedrosa, en la que se podían adquirir objetos de escritorio, gran surtido de papel de fumar, cuartillas para escribir, sobres, tintas, plumas, lacres, libros rayados y menaje para escuela. Muy cerca estaba el comercio de Herrera, en el que se exponían lienzos pintados al óleo por el afamado retratista José Díaz Molina, que había realizado uno del obispo Rincón y que había recibido un premio por el cuadro titulado “Un mendigo de Guadix”, en el momento en que estamos realizando nuestro paseo se expone en el escaparate un retrato de una señora muy conocida en la ciudad doña Ana Ruiz Valero. Y también estaba la confitería de Francisca Casas Herrera, en el periódico se destacan la curiosidad y aseo de su dueña, y el esmero y prontitud de sus trabajos. Por tres reales se podían comprar veinte libras de dulces.
Y es que a los accitanos y accitanas de entonces como a los de ahora, les gustaban los dulces y el chocolate. Tenían por entonces la costumbre, aunque fuera de cuando en cuando, de merendar buñuelos con chocolate. En las tiendas compraban harina y aceite de oliva. Las más populares eran la de comestibles de Francisco Barroso, la Ultramarina de Torcuato Gómez García en la calle Nueva nº 5 y la Ultramarina de la calle Ancha. En ellas también se podían adquirir comestibles, vinos, aguardientes, conservas, quesos y embutidos, y en la de la calle Ancha, por las mañanas servían te o café muy calientes. El chocolate se compraba en la fábrica de Domingo Sánchez, también en la calle Ancha nº 9, al frente del establecimiento estaba su hija Rafaela Sánchez. Aunque también se dedicaban a fabricarlo en Hijos de José Arenas, que tenían una numerosa clientela, lamentablemente desconozco donde tenían sus instalaciones.
Pero también podía optarse por pasar la tarde ante unos barquillos de canela bañados en sorbete mientras los acampaban de un café en la cafetería de la calle de la Amargura.
Había establecimientos de farmacia como el de la calle Botica, así conocida por estar en ella este comercio. Lo regentaba el señor Sánchez Ortiz, que como los boticarios de antes fabricaba los productos en su rebotica. Sabemos que era autor un remedio para casi todos los males conocidos en ese momento y le llamó Glicerofosfato de Cal. Se anunciaba como el mejor tónico unido al aperitivo más enérgico. Insustituible en todos aquellos estados en que hay falta de nutrición, debilidad, anemia, inapetencia, raquitismo, embarazo, lactancia insuficiente, enfermedades en los huesos, del sistema nervioso, perdidas exageradas, etc, etc, etc, no he podio comprobar si al buen boticario le dieron el Premio Nobel, o una paliza por charlatán. Tenía a su principal competidor en la calle del Pósito nº 1, en el laboratorio-farmacéutico de Rafael Serrano Ramírez. En él se vendían específicos nacionales y extranjeros, productos antisépticos, aguas minerales, drogas, pinturas, y objetos de goma y de cristal.
Había sastrerías como la José Merino que fue el encargado de realizar los uniformes de la Banda Municipal. Fabricas de calzado como la de Santiago Mesa Quevedo, que vendía toda clase de calzado y que también lo hacia a medida. Estudios de fotografía como el de la calle Osario nº 1 en la que trabajaba el fotógrafo señor Morales. Imprentas como la de Miguel López Argüeta en la calle Catedral nº 1, en la que entre otros objetos curiosos se podían encargar esquelas y recordatorios de defunción con imágenes de Cristo Crucificado o de la Virgen de los Dolores. Pero también había tiendas de jabón, sombrererías, imprentas, cuchillerías, cordelerías, corseterías, y una larga relación de establecimientos que proporcionaban vida y riqueza a la ciudad.
Sabéis que cuando estudio algún tema siempre me pongo las gafas de buscar a las mujeres, a las que habitualmente se ningunea en las páginas de la historia, y así he podido encontrar a la que fue una importante empresaria llamada Leocadia Tarifa. Esta señora era propietaria de dos importantes establecimientos, una tienda de quincalla en la calle Santa Bárbara en la que se podía comprar casi de todo, desde cacharros de cocina hasta tijeras, muñecas o imitaciones de joyas; y otra en la calle Nueva nº2, un elegante y bien surtido establecimiento en el que se podía encontrar todo tipo de tejidos. Este es un dato importante ya que debemos considerar que en ese tiempo las personas confeccionaban sus propias ropas de vestido y ajuares. Para ello había otro negocio pujante, el de vendedor de maquinas de coser. Las máquinas Singer se vendían en la calle San Torcuato, Ricardo Rodríguez era el agente comisionado en Guadix de la marca y las vendía al contado o a plazos, incluyendo en el precio las enseñanzas del manejo de la revolucionaria máquina.
No quiero aburriros así que terminaré compartiendo mi convencimiento de que estudiar la historia del comercio en Guadix, en la que vosotros y vosotras estáis escribiendo nuevas páginas, nos proporcionaría una novedosa visión de la historia de nuestra ciudad.
Después hubo reconocimientos para comerciantes con experiencia como los propietarios de la Joyería Garzón de la Plaza de la Constitución y Tejidos San Rafael en la calle Tarrago y Mateos; y para las mujeres emprendedoras como las que se encuentran al frente de Calzados Cruz en la calle Ancha y Accicopias. en la calle Niños Cantores. Hubo tambien un reconocimiento muy especial para el recordado Antonio Romacho, para el que sus hijos e hijas tuvieron emocionadas palabras.
Despúes participamos en una divertida cena en la que Fernando y yo disfrutamos de la agradable compañia y conversación de Javi, Antonio, Maria José y Encarna.


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