domingo, 6 de julio de 2008

Andamana, la harimaguada










Andamana, la harimaguada.
1.6.08

Acabo de volver de un intenso y delicioso viaje a una parte de nuestro país que se desprendió sutilmente, como una lágrima, del rostro de África; que se siente diminuta en la inmensidad de las aguas atlánticas; que recibe las cálidas caricias de los vientos alisios, y que constituye uno de nuestros paraísos.
Participaba como ponente en las jornadas “Políticas de Igualdad y Desarrollo Local” organizadas por la Asociación Insular de Desarrollo Rural de Gran Canaria, en el marco de un interesante proyecto que denominan “Campos de Mujer”. Querían que compartiese, con agentes de igualdad y responsables municipales, las experiencias del movimiento asociativo de mujeres de Guadix.
En los momentos de ocio he tenido la oportunidad de acercarme a una realidad totalmente desconocida para mí, y como ya sabes que me gusta hacerte partícipe de cuantos descubrimientos interesantes se ponen a mi alcance, quiero contarte lo que he visto y aprendido.
En el municipio llamado Santa María de Guía, se encuentra un yacimiento arqueológico prehistórico espectacular, declarado Bien de Interés Cultural (BIC): el Cenobio de Valerón.
Una sinuosa carretera que dejaba el impresiónate océano azul a nuestra derecha nos llevó hasta el cono volcánico Montaña del Gallego. Aparcamos, en un pequeño y estudiado recinto, el coche de alquiler, y subimos por empinadas escaleras. Nos proporcionaron un folleto, que no utilizamos porque el yacimiento dispone de magníficos paneles explicativos.
Ante nuestros asombrados ojos apareció una formación mágica. La erosión fue abriendo un espacio de grandes dimensiones en la parte superior de la montaña, configurando un arco natural de una veintena de metros tanto en altura como de anchura. La población lo habilitó como almacén, horadando la blanda roca con herramientas de madera y piedra, configurando un complejo sistema de cámaras en distintos niveles. Su temperatura y humedad, lo hicieron el lugar ideal para guardar grandes cantidades de grano y productos importantes para la subsistencia. Su estratégico emplazamiento lo convierte en una auténtica fortaleza natural, por estar ubicado en una pared casi vertical que obstaculiza cualquier asalto o saqueo por parte de otros grupos, incluidos los piratas que con frecuencia se acercaban hasta las islas en busca de alimentos. Me recordó mucho los graneros acantilados en cueva de nuestra comarca.
Hace tiempo que se descartó la teoría de que esta sofisticada estructura de Valerón, fuese un particular convento en el que ingresaban en clausura jóvenes vírgenes. Pero en otros lugares de la isla como Agaete o Telde, sí existieron cenobios en los que vivían las maguadas.
Las maguadas eran menstruantes novicias, muchachas púberes, de entre ocho y doce años, que se preparaban para ser esposas, por tanto su reclusión es una modalidad de ritos de paso, de pubertad o iniciación a la vida sexual adulta, tan corriente en las sociedades primitivas. Se confirma al comprobar que las jóvenes no consagraban su virginidad a deidad alguna, ni se recluían por espíritu ascético, sino que, al cuidado de mujeres expertas, eran instruidas en todo lo relacionado con el matrimonio (concebido más como un destino que como una posibilidad) y la maternidad. Aprendían a cortar y adobar pieles, tejer juncos y hojas de palma, coser tamarcos, modelar barro, el uso de pinturas, y las técnicas del adorno corporal. Y era su condición de vírgenes y madres en potencia lo que las unía a lo sobrenatural.
Como en muchas otras culturas, el encierro de las muchachas estaba relacionado con el miedo a la sangre, especialmente a la de la menstruación. Por eso practicaban rituales relacionados con el mar, tan enigmático y potente. El agua salada cumplía una doble función, purificaba y aportaba poder fertilizante. Durante estos rituales los hombres tenían absolutamente prohibido acercarse al lugar, pagando con su vida si se les sorprendía mirándolas.
Para convocar a la lluvia subían en procesión a la montaña con varas en las manos y derramaban leche y manteca, bailaban y cantaban entorno a los peñascos, luego bajaban al mar dando con las varas en el agua mientras gritaban al unísono.
De la formación de las maguadas se encargaban sacerdotisas vírgenes que se conocían con el nombre de harimaguadas. Eran sabias, muy inteligentes, dotadas del poder de la adivinación, y gozaban de gran influencia social, política y religiosa en el seno de la sociedad prehispánica de Gran Canaria. Conocemos el nombre de una de ellas: Andamana.
El escultor Martín Chirino las inmortalizó en una gran escultura que se puede ver en Las Palmas. Su miniatura es el galardón que reciben quienes ganan el Festival Internacional de Cine de Gran Canaria.
¿A que acercarse a esta realidad puede ser un buen plan de vacaciones?