viernes, 4 de julio de 2008

Corseteras y corcheteras










Corseteras y corcheteras.
24.1.2004.

Ordenaba el cajón de la cómoda en el que guardo mi ropa interior, y una prenda que tenía olvidada, apareció en el fondo. Se trata de un coletillo con diseño heredado de los antiguos corsés. Es de algodón blanco y se ajusta al cuerpo con lazos. Se parece a aquel con el que se torturaba la señorita Escarlata en la película “Lo que el le viento se llevó”, mientras le pedía a Mami, agarrada al varal de su cama, que apretara más. El mío es más corto y tiene los tirantes regulables con corchetes. Esta parte de mi íntimo y personal patrimonio fue un regalo de la última corsetera que prestó sus servicios en Guadix. Se llama (porque creo que sigue viva en algún pueblo de nuestra comarca) Ángeles, una mujer muy mayor; corpulenta; con el pelo corto y cano; de gran carácter que sacaba a relucir cuando hablaba de la represión franquista de posguerra. Tenía una casa en la calle Santa Ana y en la planta baja forraba botones, vendía chucherías, canicas, cromos, soldaditos y hasta petardos.
Mis hijos y yo estuvimos un rato discutiendo si era corsetera o corchetera, para mí, la primera opción era la buena, porque aparece como oficio en el diccionario de la Lengua Española, pero ellos decían que la gente le llamaba corchetera porque vendía y colocaba corchetes. Hice una comprobación con mi amiga Lola Encinas quien me informó que efectivamente las llamaban corcheteras porque aunque la mayoría de las mujeres confeccionaban sus prendas, eran ellas las que vendían y cosían los corchetes. Recordó a la Tía Anica que hacía su trabajo en una cueva de la Ermita Nueva y a María la de Cogollos a la que se podía encontrar en la que Lola llama Cuesta del Paseo.
El caso es que cuando Antonia Lubian estaba confeccionando los pololos y las enaguas de mi traje típico de Guadix, Ángeles dijo que tenía que completar el equipo con un coletillo de la época, por eso me lo regaló y por esa misma razón cuando me lo he puesto, he sentido que mi cuerpo hacía un viaje de vértigo hacia atrás en el tiempo.
La ropa interior ajustada al cuerpo es un invento del siglo XX. Sabemos, porque así lo recogen algunos poemas, que en 1734 “bravas están las damas en guardapiés y justillo”. El guardapiés era una especie de enagua amplia y larga y el justillo una camisa interior sin mangas que llegaba a la cintura. Sobre estas prendas iban las camisas exteriores y las sayas.
A finales del XVIII las bragas las llevaban los hombres y la expresión “calzarse las bragas” se aplicaba a la esposa que dominaba a su marido y mandaba despóticamente en la casa. Estrenando siglo veinte, se convierte en una prenda interior que usamos las mujeres y que cubre desde la cintura hasta el arranque de las piernas. Al principio se hacían en casa con lienzo blanco o moreno, dependiendo del gusto, y se ajustaban a la cintura con tiras de tela. Claro que las que tienen un diseño parecido aunque más actual y con elásticos, son las que los vendedores ambulantes del mercado semanal llaman de “cuello vuelto”, y es que ahora se han puesto de moda las de “corte tanga”, de tamaño diminuto que dejan al descubierto las nalgas y no marcan costuras al usarse con pantalones.
Los sujetadores también han sufrido importantes transformaciones. Desde las tiras de lienzo con que se ligaba el pecho, pasando por los corpiños y justillos sin mangas, los corsés con ballenas y los coletillos, llegamos a los sostenes de los años 20 y a los sujetadores que aparecen en los años 70 con la invención de nuevas fibras mucho más cómodas y adaptables al cuerpo. Pero las aportaciones novedosas se pueden adquirir en las rebajas de enero, para las atrevidas se ofrecen piezas de silicona con adhesivo (que se regenera tras cada lavado) se colocan cubriendo la mama y ni se ven ni se notan. Para las más tradicionales está el mismo sistema pero con tirantes.
Envolví mi coletillo en su pliego de papel de sedad blanco, lo coloqué en el cajón y me alegré de vivir en el siglo XXI.