martes, 8 de abril de 2008

Contra el negro meigallo




Contra el negro meigallo.
27 de septiembre de 2005.
Este fin de semana nos hemos reunido con unos amigos para celebrar un rito de fuego que se remonta a la noche de los tiempos Quizá junto con las hogueras de los solsticios y los fuegos olímpicos, sea la tercera de las más antiguas tradiciones relacionadas con el fuego de la cultura occidental. Su origen se pierde en las sombras de los impenetrables secretos de las meigas. Era su íntimo secreto y, de hecho, no vio la luz en la sociedad profana hasta mediados del siglo XX. Se trata de una pócima pagana, mezcla de medicina y magia, con la que se curan los males del alma, estos males que las gentes que nacimos en Galicia llamamos "meigallo" y que los moderna psiquiatría define como depresión. Es un brebaje que utilizamos en mi tierra para espantar los malos espíritus y atraer a los buenos, nobles y grandes, para que nos acompañen por este laberinto de dudas que es la propia vida, utilizando un medio purificador como es el fuego. Te hablo de “A Queimada”
Nuestra ascendencia celta dejó esculpido en la piedra un símbolo al que llamamos “trisquel”, es una cruz de tres puntas que representa los tres elementos básicos de la vida de una persona: la tierra, el agua y el fuego. Son lo mismos elementos esenciales en los que se basa la queimada original.
La tierra que se representa en el gran cuenco de barro, es el origen y el destino de cada uno de nosotros y nosotras. El agua se representa en cada gota de aguardiente que es una lágrima de la madre tierra, sangre fecunda que se funde en nuestro cuerpo a través de la pócima uniéndonos a la tierra de nuestros ancestros y en definitiva con la historia. El fuego, que baila libre en el barro, íntimamente unido al aguardiente, y que servirá como antaño para purificarnos, iluminarnos y darnos calor.
A los tres elementos básicos, se han añadido los frutos con que nos ha obsequiado la madre tierra. Es el caso del azúcar moreno y dulce como esperamos que sea nuestra vida; el limón que simboliza los sinsabores de nuestra existencia y que nos vacuna contra la amargura; y el café que representa la universalidad y el mestizaje.
A quienes invito por primera vez a participar del ritual les doy una primera taza para que con ella se purifiquen y protejan su alma del “meigallo”, si todo va bien les sirvo una segunda que al pasar por sus gargantas les ilumina, despeja la mente de prejuicios y pone luz en su camino. Cuando insisten en tomar la tercera les advierto que calentará sus cuerpos y despertará sus pasiones, pero les colocará en la línea que nos separa del infierno al que sin duda se accederá si se colocan entre pecho y espalda la cuarta dosis.
Para que “A queimada” surta los efectos que perseguimos hace falta que se realice al aire libre para que la energía de las estrellas nos abrace; que el aguardiente sea de Portomarín; que el cuenco de barro saliera de las manos expertas de un alfarero; que la música tenga a la gaita como protagonista; y finalmente que el conjuro lo realice una persona nacida en Galicia o con ascendencia gallega.
En el recitado se van convocando a los seres maléficos que nos acechan, algunas veces con formas de animales como cuervos, sapos o salamandras. Se llama también a determinados malos augurios como el aullido del perro a la luna llena en el mes de enero o el maullido de los gatos en celo. Convocamos a los demonios, almas en pena, a las pecadoras lenguas de las malas mujeres casadas con hombres viejos… y por supuesto a las brujas malas y perversas. A cada llamamiento subimos la llama al aire y la dejamos caer y en ese crepitar del fuego escuchamos los rugidos que dan quienes no pueden dejar de quemarse en el aguardiente quedando así purificadas. Pedimos entonces que cuando injiramos el brebaje, quedemos libres de los males de nuestra alma y de todo embrujamiento. Convocamos a las fuerzas del aire, tierra, mar y fuego, y les hacemos un llamamiento: si es verdad que tenéis más poder que la humana gente, aquí y ahora, haced que los espíritus de las amistades que están fuera, participen con nosotros de esta queimada. Acto seguido esperamos a que las llamas, siguiendo el ritmo de la música celta, bailen delicadamente y adquieran una tonalidad azulada.