martes, 15 de abril de 2008

Fantasmas en la muralla de Mirambel



Fantasmas en la muralla de Mirambel.

21 de mayo de 2007.

Provista de mochila y cámara fotográfica he decido comprobar que la provincia de Teruel existe. Llegar lleva su tiempo, pero conviene disfrutarlo mientras vamos desconectando de nuestras rutinas cotidianas y preparamos cuerpo y mente para nuevas experiencias.
Durante unos días hemos recorrido la ciudad de las bellas torres mudéjares declaradas Patrimonio de la Humanidad, del torico y la estrella, de los amantes que desgraciadamente se escatimaron un beso y hemos conocido su patrimonio paleontológico visitando el parque temático “Territorio Dinópolis” donde vimos de cerca los dinosaurios; paseamos por Albarracín, alta como un nido de águilas, ciudad mágica declarada Monumento Nacional, para hacerle un regalo a nuestros sentidos y escuchar la leyenda de la Torre Blanca; en Aliaga “donde la tierra se retuerce” caminamos por su Parque Geológico en el que comprobamos como Gea, la Diosa Tierra “se abrió en canal mostrando impúdica sus entrañas. De sus pliegues brotó sangre y carbón. El hombre bebió su sangre, sembró y vio crecer en ella el alimento, y con el carbón ardiente movió formidables ingenios de metal...” y así nos invitaron a dirigimos al Centro de interpretación de la Minería de Santa Bárbara, que evidencia como un templo puede cumplir varios objetivos simultáneamente (aunque dudo que Rouco Varela le diera el visto bueno); nos encontramos en nuestro paseo con los caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén, que vestían manto negro con Cruz de Malta blanca y lucharon en estas tierras contra el infiel, nos aproximamos a ellos en Villarroya de los Pinares. Entramos entonces en una comarca que para mí ha sido una revelación “El Maestrazgo” Pio Baroja asegura que “es una comarca aislada; una plataforma alta, erizada de montes como conos truncados, verdaderos castillos naturales, limitada por los antiguos reinos de Cataluña, Aragón y Valencia y extendida hasta el mediterráneo” Sus pueblos tienen sonoros nombres y ecos medievales: Fortanete, Iglesuela del Cid, Tronchón, Allepuz, Pitarque, Bordón…
Cantavieja es uno de ellos, todo su casco antiguo fue declarado Conjunto Histórico Artístico, en ella se asentaron los caballeros del Temple que la convirtieron en cabeza de los siete municipios que componen la Baylía que lleva su nombre. Se hizo conocida cuando el General Ramón Cabrera “El tigre del Maestrazgo” la convirtió en capital del Carlismo en Aragón fortificándola, y construyendo un hospital, una fabrica de armas y una imprenta. Ahora se pueden saber estas y otras muchas cosas en el Museo de las Guerras Carlistas, que también visitamos.
Un panorama encantador se ofrece a nuestra mirada cuando descendemos por la carretera, un paisaje que cautiva y que nos lleva a Mirambel.
Siempre señorial y un tanto entregada al sueño de los siglos, es lugar de poesía y silencio. Quienes la visitamos por vez primera, nos asombramos ante el color de los lienzos de la muralla medieval, donde los muros se conservan de forma impecable, con su torre templaria de planta circular dorada con pátina de siglos. Accedimos al pueblo atravesando el hermoso Portal de las Monjas que nos sorprendió por su espléndido trabajo en forja y celosía. Y durante el relajado paseo que iniciamos por la calle Mayor vimos el antiguo Convento de las Madres Agustinas Descalzas, el hermoso templo anejo a la esbelta torre campanario, las casonas, los aleros de madera, los tejados y su fuente-abrevadero-lavadero que visitamos casi a oscuras.
Después de cenar dimos otro paseo, recuerdo las risas mientras cazábamos(fotográficamente) sombras de fantasmas en la muralla, sin saber aun que las gentes del lugar cuentan la historia del capitán Montpesar y de la priora sor Juana de la Cruz (a quien en su vida civil se llamaba Carmen Abarca). Mediado el siglo XIX vivieron una historia de amor imposible, y por aquellos lares aseguran que algunas noches se les ve juntos como sombras. Si te intriga puedes leerla en "La Venta de Mirambel" en la que se describe la vida de la localidad en plena Guerra Carlista, su autor es Pio Baroja, que durante unos meses vivió en esta localidad turolense.
Llegamos allí al atardecer cuando el día parecía morir inundando el cielo de sangre, en esa hora mágica en la que el sol se retira dejando paso a la maravillosa noche primaveral. Por eso no pudimos visitar el Museo Arquitectónico del Maestrazgo del que dispone la villa. Reiniciamos el camino cuando se desperezaba el astro rey, y Mirambel brotaba de la oscuridad bajo un cielo azul de cristal, así que me animo a pensar que es una invitación para volver. Callejear por Mirambel fue una delicia.